Sólo voy por café: Un libro, una autora…

 

 Revista 110- No me gusta demasiado el café. Lo confieso. Cuando lo digo por ahí, a veces, hay quien me mira raro. Pero lo cierto es que no tengo nada contra la célebre bebida, y si se me brinda en son de amistad, soy incapaz de rechazarla y la disfruto como cualquier mortal. Otra cosa es pedirla yo mismo, o ir en su búsqueda por inspiración propia. Eso jamás lo hago. Y me mantuve firme en esa decisión hasta que conocí, en este hermoso país, a la doctora Marcia Castillo y ella,  soberana, decidió titular su ópera prima con el título de un cuento de este libro que nos convoca hoy: Sólo voy por café. Desde entonces, me he vuelto un cafetero nato, pero no en el sentido literal de esta frase, sino en uno más profundo y también, es preciso decirlo, más turbador.

Este libro de Marcia Castillo, eminente doctora neuróloga, por demás, ha redimensionado para mí el significado de esa milenaria infusión, y por ahora, y quizás para siempre, ir por café querrá decir, en mi jerga retórica, ir por un trago fuerte de buena literatura, de pasión y de imaginación… ir, en fin, hacia las zonas más humanas y también más recónditas de nosotros mismos y nuestros semejantes, que es en definitiva el viaje que propone este libro, y que para los guapos que quieran afrontarlo, será tan fuerte y tan estimulante como el propio café.

La autora y el cubano, que terminaría siendo su editor (dizque también para siempre), se conocieron en Funglode. Ella había sido citada por esa maquinaria de promoción y dinamismo humano que responde al nombre de Isael Pérez, y que en Dominicana significa Santuario, libros, o Santuario de Libros, todo junto. ¿El objetivo de la cita?: conocer al profesor de la vecina isla, al “señor” (todo el mundo pensaba que era un viejo decrépito), y hablar de lo que era aun el proyecto de un libro. Hasta ahí, todo bien. Pero resultó que el cubano, que no tiene entre sus dotes, al menos por ahora, las artes adivinatorias, estaba impartiendo su curso de Técnicas Narrativas y la doctora, luego de un día agotador de trabajo, se encontró con la vaina de que debía esperar, vaina agravada por el hecho crucial de que tampoco la maquinaria Santuario había llegado. La doctora estaba muy molesta, pero muuuy… y cuando el joven al fin pudo atenderla, y por pocos minutos, ya el aire se había preñado de tensiones. Un par de los alumnos lo notaron, e interrumpieron diligentes el amago de diálogo con aquella guerrera: “¿Profe, sucede algo?” “No, nada, nada…”— dijo él. Luego, con su mejor talante, le ofreció una merienda. Ella dijo que no. Después, una sonrisa. Ella ni se enteró. ¿Una excusa? Ella la ripostó, casi para sí misma, con un par de oraciones sobre el valioso tiempo de los demás, la puntualidad y el respeto. Como ustedes verán, estaban dadas todas las condiciones para el nacimiento de una gran amistad, un gran amor o una guerra campal. Pero el cubano, acostumbrado a lidiar con la beligerancia de escritores, actores y demás seres “peligrosos”, llamados artistas; le explicó a la doctora, mientras devoraba un panecillo, que estaba listo para editar su libro en cuanto lo mandara, y que sería un placer. Ella se fue, igual de brava y, no sé si lo reconocerá ahora, llena de dudas. Tres minutos después llegó Isael, y el profe lamentó, riendo para sí, que no llegara antes para que también agarrara lo suyo, su receta.

Al retornar al aula, otra alumna y amiga, preguntó: “Profe, ¿quién era la muchacha? ¿Qué pasaba?” “Es una autora”, contesté, “y si ha puesto en su libro ese carácter, la cosa pinta bien”. Señores, profecía pura, parece que al final sí me dieron un chin de la adivinación.

El libro de Marcia me llegó por el Santo Gmail, y la noche que comencé a leerlo, las muchas presidentes que tenía en el sistema me enredaban las líneas… ¿Era eso, o era que de pronto me hundía en un mundo de ensueños doloridos, en los cuales vibraba tal fuerza literaria, que no podía creerlo? La conclusión de esa noche ya la imaginarán: Apagué el teléfono con un gesto de espanto y me dije: “Licenciado, tiene que dejar de beber…”

Al otro día, sobrio como un asceta, volví sobre los cuentos, ¿y saben qué?: Todo seguía ahí: dolorosos, difíciles, tiranos, los textos de ese libro se abrían ante mis ojos rezumando talento literario. Para un editor de corazón, un chiflado por la literatura, como yo, estos descubrimientos se parecen a la felicidad. Sí, la guerrera había puesto en el libro no sólo su carácter, sino también el alma. Entonces, ya no tuve dudas sobre qué opción, de las tres anunciadas cuando la conocí, ocurriría definitivamente entre nosotros: La número uno, la más maravillosa de todas: la amistad; que crecería a la par de mi asombro, regada sabiamente con vino, cerveza y simpatía, y sus combinaciones, mientras yo me entregaba de lleno a editar aquel libro, que era como meterme en la piel de esta chica, una aventura fuerte y muy gratificante, en la cual no solo me volví editor neurólogo, sino también editor cirujano, cuando, con su consentimiento, complicidad y ayuda, practicamos complejas cirugías a corazón abierto a un par de textos que clamaban por ellas.

De haber sido un amante común de la cafeína, Sólo voy por café me habría vuelto un adicto sin retorno posible; pues habría vaciado muchas grecas durante las horas que pasé sumergido en el libro, vigilando, ceñudo, cada sílaba, cotejando con fuentes diversas cada cita, referencia o historia de las muchas que yacen o subyacen en todos estos cuentos, no solo virtuosa y bellamente escritos, sino enlazados además, muchos de ellos, a fuentes culturales de universal valor, de la mitología grecolatina al cristianismo y de la hechicería al más puro folklore. De modo que puedo asegurarles que este no es un libro de una sola lectura. Hay en él, ocultos o insinuados apenas entre el turbión de las palabras, una serie de símbolos sobre la condición humana que hunde sus raíces a gran profundidad intelectual, y que sólo les serán revelados a aquellos que han estudiado y meditado mucho sobre ella. Sin embargo, este  no es un libro elitista, y aunque su fina arquitectura oculte pasadizos difíciles y sótanos en los cuales entrarán solo algunos, iluminados por sus conocimientos, las historias que cuenta hablarán sin dudarlo a la sensibilidad de todos, pues Marcia ha logrado perfilar personajes que quedarán por largo tiempo en la memoria, puesto que están forjados, y en muchas ocasiones, arrinconados, por las mismas dudas, interrogantes, sueños y dolores que son comunes a la especie, y nos impelen permanentemente hacia la vida, la victoria, la derrota o la muerte. Por si ello fuera poco, el uso casi sostenido de la primera persona nos da tal cercanía con esos seres, que en muchas ocasiones habrá que dejar de leer para tomar aliento. Esas voces, rotas por la locura, la desesperación o la esperanza, resonarán adentro, muy adentro, ayudando a cumplir los mandatos más altos de la buena literatura, que son en definitiva completarnos espiritualmente, hacernos más aptos para atravesar este valle de lágrimas o de felicidad, volvernos tolerantes, inclusivos, hermosamente humanos, y por tanto, más libres.

Quiero completar estas líneas con las palabras que también tuve el honor de escribir para la contraportada del libro. En ellas intenté resumir su esencia.  Espero haberlo logrado:

¿Te asomarías a la locura? ¿La escucharías hablar? ¿Te atreverías a cruzar esa puerta que sirve de frontera entre la vida cotidiana, “normal”, y el abismo terrible de un cerebro humano desquiciado? ¿Observarías sin temblar cómo los mitos más delirantes son capaces de volver a la vida y dominarla?

Estas interrogantes, y otras muchas, podrían hacerse a aquellos que vayan a leer  Sólo voy por café, ópera prima de la doctora neuróloga Marcia Castillo.

En estas páginas rezuma, con toda su carga de simbolismo, crueldad, diversidad, fantasía e impredecibilidad, la existencia humana; pero no sus zonas confortables, de mucha luz y mera superficie, sino aquellas que son pálpito y sima, viaje difícil al centro del tejido social, tan sensible que basta con rozarlo para despertar gritos que no podrán cesar; cotos en los que abrevan, mente adentro, los demonios que también nos habitan y completan.

El abandono filial, los trastornos de personalidad, la homosexualidad,  el misticismo, el vicio y la locura, forman en estos veinte textos, sabiamente mezclados por su autora, un cóctel explosivo que nadie podrá leer impasible.  Hay mucha literatura en este libro. Con él hace su aparición, sin duda alguna, una nueva y talentosa voz en la narrativa dominicana contemporánea.

Por todo esto, señores, invito fervorosamente a leer este libro, uno de los mejores que ha publicado la Editorial Santuario en este año, hecho del cual se enorgullece, y con ella, su editor, quien además de la satisfacción de saber que ha encontrado a un talento dominicano (me apropio públicamente de ese crédito) puede considerarse, también, su amigo, y la amistad es el premio mayor. Señores, la gran literatura invita: ¡Vamos a degustar este café!